EL TAO Y LA FISICA

“Cualquier camino es sólo tu camino y no es vergonzoso, ni para uno mismo ni para los demás, abandonarlo si así te lo dicta tu corazón… Observa detalladamente cada uno de los caminos. Ponlos a prueba tantas veces como creas necesario. Luego pregúntate a ti mismo, y sólo a ti mismo, lo siguiente: “¿Tiene corazón este camino?” Si lo tiene, el camino es bueno; si no lo tiene, no sirve para nada.”
Carlos Castañeda (Las Enseñanzas de Don Juan)

INTRODUCCIÓN

Pero ¿Qué es el TAO? y ¿que tiene que ver con la física?. Para responder ambas preguntas podemos comenzar a definir el TAO como el camino, la vía, el método, la dirección o el curso principal. En la antigua China esta palabra se comenzó a utilizar de forma habitual con un significado más espiritual para hacer referencia al “Camino de la Naturaleza” o “Camino de los Cielos”. Las enseñanzas de sabios como Lao Tsu o Confucio predicaban el abandono de nuestro propio camino para seguir, en su lugar, el Gran Camino.

El significado del TAO depende del contexto y puede referirse a un término religioso o filosófico y ambos tienen dos puntos vista desde los cuales observarse: doctrinal o de discurso y el Gran Tao, fuente de orientación de todo proceso del universo más allá de que existe y no existe y anterior al espacio y el tiempo, el tao es el principio que ordena tras el incesante flujo de cambio. En este sentido se puede comparar con la concepción teísta de dios (sobre todo en lo referente a la santísima trinidad), el concepto griego del logos o el hindú de Dharma .

Con esta breve definición comenzaremos el presente peregrinaje por el camino trazado por Fritjof Capra, en 1969 cuando el místico Krishnamurti le sentencia “Primero eres hombre y luego físico. Cultiva la física, pero sé consciente de que fuera de ella existe otra realidad mucho más amplia y que los conceptos de la ciencia tienen carácter aproximativo.”

Un camino nuevo, El TAO de la Física, donde se pretende encontrar un punto convergente entre los conceptos de la física moderna y las ideas básicas de las tradiciones religiosas y filosóficas del lejano oriente, donde los dos pilares fundamentales de la físicas del siglo XX, la teoría cuántica y la teoría de la relatividad tienen puntos en común con la visión del mundo de un Hindú, Budista o Taoísta, donde las afirmaciones realizadas por Capra en su libro y a pesar de la resistencia encontrada en la comunidad científica de la época, ponen de manifiesto una cierta visión de futuro, la cual, en nuestros días se está transformando en realidad a través de nuevas teorías tales como la de “las supercuerdas” .

El camino recorrido para llegar al presente desarrollo no ha estado exento de dificultades dada la complejidad del planteamiento, sin embargo el peregrinaje nos permite recorrer nuevos caminos y este, espero nos lleve al descubrimiento de una convergencia que va más allá de lo pragmático de la Física y de la concepción Holística de Oriente, tocándonos como buscadores de la verdad.

DESARROLLO

Antes de estudiar el paralelismo existente entre la física moderna y el misticismo oriental, hemos de abordar la siguiente cuestión: ¿cómo es posible efectuar algún tipo de comparación entre una ciencia exacta, que se expresa en el lenguaje de las matemáticas modernas y disciplinas espirituales basadas principalmente en la meditación y que además, insisten en que sus vivencias no pueden ser Comunicadas verbalmente?

Lo que vamos a comparar son las alineaciones efectuadas por científicos y por místicos orientales acerca de su conocimiento del mundo. A fin de establecer un esquema adecuado que nos permita llevar a cabo esta comparación, debemos antes que nada preguntarnos a nosotros mismos a qué tipo de “conocimiento’ nos estamos refiriendo. Al usar la palabra “conocimiento” ¿quiere decir lo mismo un monje budista de Angkor Wat o de Kyoto que un físico de Oxford o de Berkeley? En segundo lugar, ¿qué clase de afirmaciones vamos a comparar?, ¿qué vamos a seleccionar de los datos experimentales, de las ecuaciones y las teorías por un lado y de las escrituras sagradas, de los antiguos mitos y de los tratados filosóficos por otro?

A lo largo de la historia, se ha considerado que la mente humana es capaz de dos tipos de conocimiento, o dos formas de consciencia, a las que con frecuencia se ha denominado como racional e intuitiva, y que tradicionalmente han sido asociadas respectivamente con la ciencia y la religión. En Occidente, el tipo de conocimiento intuitivo y religioso con frecuencia es devaluado para favorecer al conocimiento racional y científico, mientras que la actitud tradicional oriental es justamente la contraria. Las siguientes afinaciones sobre el conocimiento, procedentes de dos grandes mentes de Occidente y de Oriente pueden servir de ejemplo a ambas posiciones. Sócrates, en Grecia, dijo su famosa frase: “Sólo sé que nada sé”, mientras que Lao Tse, en China, dijo: “Es mejor no saber que se sabe”. En Oriente, los valores atribuidos a ambos tipos de conocimiento nos son claramente indicados por los nombres que se les da: los Upanishads por ejemplo, hablan de un conocimiento superior y de un conocimiento inferior y relacionan el conocimiento inferior con las diversas ciencias y el superior con la consciencia religiosa. Los budistas hablan de conocimiento “relativo” y conocimiento “absoluto” o de “verdad condicional” y “verdad trascendental”. La filosofía china siempre ha señalado la naturaleza complementaria de lo intuitivo y lo racional, representándolos con la pareja arquetípica ying y yang, que constituyen la base del pensamiento chino.

El conocimiento racional se forma con las experiencias que tenemos con los objetos y los sucesos de nuestro entorno diario. Pertenece al reino del intelecto, cuya función es la de discriminar, medir, comparar, dividir y categorizar. De este modo, creamos un mundo de distinciones intelectuales, de opuestos, que sólo pueden existir en relación unos con otros, siendo esta la razón por la que los budistas llaman a este conocimiento “relativo”. La abstracción es el rasgo crucial de este tipo de conocimiento, pues para comparar y clasificar la inmensa variedad de formas, estructuras y fenómenos que nos rodean, nos es imposible tomar en cuenta todos sus rasgos, por ello tenemos por fuerza que seleccionar unos pocos de los más significativos. De este modo construimos un mapa intelectual de la realidad, en el que las cosas están reducidas a sus rasgos más generales. El conocimiento racional constituye así, un sistema de conceptos y símbolos abstractos, caracterizado por una secuencia lineal y secuencial, típica de nuestro modo de pensar y de nuestro hablar. En la mayoría de los idiomas esa estructura lineal se evidencia en el uso de alfabetos que sirven para comunicar experiencias y pensamientos mediante largas líneas de letras.

Por otro lado, el mundo natural es un mundo de infinitas variedades y complejidades, un mundo multidimensional que no contiene líneas rectas ni formas absolutamente regulares, donde las cosas no suceden en secuencias sino todas juntas, un mundo -como nos dice la física moderna- donde incluso el espacio vacío es curvo. Es evidente que nuestro sistema abstracto de pensamiento conceptual nunca podrá describir ni entender por completo esta realidad. Al pensar en el mundo nos enfrentamos al mismo tipo de problema que afrontaban los cartógrafos cuando trataban de cubrir la superficie curvada de la tierra con una serie de mapas planos. Con tal procedimiento podemos sólo esperar una representación aproximada de la realidad, y por ello, todo el conocimiento racional estará necesariamente limitado.

Para la mayoría de nosotros resulta muy difícil ser conscientes de las limitaciones y de la relatividad del conocimiento conceptual. Dado que nuestra representación de la realidad es mucho más fácil de captar que la realidad misma, tendemos a confundir una con la otra y a tomar nuestros conceptos y nuestros símbolos como la realidad. Una de las principales metas del misticismo oriental es liberarnos de esa confusión. Los budistas Len dicen que para señalar a la luna es necesario un dedo, pero que una vez que hemos ya reconocido a la luna, debemos dejar de preocuparnos por el dedo. El sabio taoísta Chang Tzu escribió:

“Las cestas de pescar se emplean para coger peces pero una vez conseguido el pez, el hombre se olvida de las cestas. Las trampas se emplean para atrapar liebres, pero una vez cogidas las liebres, los hombres se olvidan de las trampas. Las palabras se emplean para expresar ideas, pero una vez transmitidas las ideas, los hombres olvidan las palabras.”

En Occidente, el especialista en semántica Alfred Korzybski tocó exactamente el mismo punto con su acertado eslogan: “el mapa no es el territorio”.
Lo que interesa a los místicos orientales es una experiencia directa de la realidad, que trascienda no sólo al pensamiento intelectual, sino también a la percepción sensorial. Según palabras de los Upanishads:

“Lo que es inaudible, impalpable, sin forma, perecedero, del mismo nodo que es insípido, permanente, inodoro, sin principio ni fin, más alto que lo más grande, firme. Al percibir eso, uno queda liberado de las fauces de la muerte.”

Lao Tse, quien llama a esta realidad el Tao, afirma en la línea inicial del Tao Te King: “El Tao que puede ser expresado, no es el Tao verdadero”. El hecho -evidente si leemos los periódicos- de que la humanidad, a pesar del prodigioso incremento experimentado por el conocimiento racional, no se ha hecho mucho más sabia durante los últimos dos mil años, constituye una clara muestra de la imposibilidad de comunicar el conocimiento absoluto por medio de las palabras. Como dijo Chuang Tzu:

“Si fuera posible hablar de ello, todo el mundo se lo habría dicho a su hermano”

De este modo, el conocimiento absoluto constituye una experiencia de la realidad totalmente ajena al intelecto, una experiencia que surge de un estado no ordinario de consciencia, al que podríamos llamar estado “meditativo” o místico. La existencia de tal estado no sólo ha sido atestiguada por numerosos místicos de oriente y occidente, sino que también la investigación psicológica moderna tal como lo expresa Williams James “Nuestra conciencia normal de vigilia, que nosotros llamamos racional, no es más que un tipo especial de consciencia, y a su alrededor, separadas de ella por la más transparente de las películas, existen formas potenciales de consciencia totalmente diferentes.”

En física, el conocimiento se obtiene a través del proceso de la investigación científica, que se realiza en tres etapas. La primera etapa consiste en reunir evidencias experimentales acerca del fenómeno que se va a explicar. En la segunda etapa, los hechos experimentales se correlacionan con símbolos matemáticos y se resuelve un esquema matemático que interconecta estos símbolos de una manera precisa y congruente. A este esquema se le suele llamar modelo matemático o, si es más amplio, teoría. Esta teoría se emplea entonces para predecir los resultados de experimentos posteriores, que se llevan a cabo a fin de comprobar todas las posibles implicaciones y consecuencias.

Sin embargo, la filosofía griega era totalmente diferente a este respecto. Con una visión del mundo que a veces se aproxima mucho a los modelos científicos modernos, la gran diferencia es la actitud totalmente empírica de la ciencia moderna ya que los griegos obtenían sus modelos de un modo deductivo, partiendo de algún axioma o principio fundamental y no inductivamente de lo que había sido observado. Por otro lado, el arte griego del razonamiento deductivo y lógico es, por supuesto, un ingrediente esencial en la segunda etapa de la investigación científica: la formulación de un modelo matemático congruente; y por ello, constituye una parte esencial de la ciencia.

El conocimiento y las actividades racionales conforman ciertamente la mayor parte de la investigación científica, pero no son todo lo que hay en ella. Esa parte racional de la investigación sería, de hecho, inútil si no estuviera complementada por la intuición, que es la que da a los científicos nuevas ideas y los hace más creativos. Las percepciones intuitivas, sin embargo, no son de utilidad a la física a menos que puedan ser formuladas dentro de una estructura matemática congruente, complementada con su interpretación en lenguaje sencillo, el cual presenta dificultades dado que es una construcción de significados múltiples de los cuales la mayor parte subyace en el subconsciente de quienes lo expresan.

La ciencia, sin embargo, busca definiciones claras y conexiones libres de ambigüedades, por ello hace al lenguaje todavía más abstracto, limitando el significado de sus palabras y estandarizando su estructura, de acuerdo con las reglas de la lógica.

La mayor abstracción es la que se da en las matemáticas, donde las palabras son sustituidas por símbolos y donde las operaciones de conexión entre dichos símbolos están rigurosamente definidas. De este modo, los científicos pueden condensar en una sola línea de símbolos, en una ecuación, información que necesitaría varias páginas de escritura ordinaria para poder ser expresada en palabras.

La idea de que las matemáticas no son más que un lenguaje extremadamente abstracto y comprimido afronta también sus retos. Muchos matemáticos creen que las matemáticas no son sólo un lenguaje apto para describir la naturaleza, sino algo inherente en la naturaleza misma. Como bien sabemos, fue Pitágoras quien inició esta creencia con su famosa afirmación de que “todas las cosas son números”, desarrollando un tipo muy especial de misticismo matemático.

Desde la perspectiva oriental, las matemáticas, con su bien definida estructura, deben verse como una parte de nuestro mapa conceptual y no como un rasgo de la realidad misma. Si existe un elemento intuitivo en la ciencia, también se da un elemento racional en el misticismo oriental. Sin embargo, el grado en que razón y lógica se acentúan varía enormemente de una escuela a otra. Las escuelas vedanta hindú o budista madhyamika, por ejemplo, son altamente intelectuales, mientras que los taoístas siempre han sentido una profunda desconfianza hacia todo lo que sea razón y lógica. El Zen, que nació del budismo pero fue muy influenciado por el taoísmo, se enorgullece de ser “sin palabras, sin explicaciones, sin instrucciones y sin conocimiento”, concentrándose casi por completo en la experiencia de la iluminación ya que según plantean “En el instante en que se habla de una cosa, se yerra el blanco”.

Aunque dentro del misticismo oriental existen escuelas menos extremas, la experiencia mística directa constituye el núcleo de todas ellas. Incluso los místicos que se dedican a la más sofisticada argumentación no consideran que el intelecto sea su fuente de conocimiento sino que meramente lo utilizan para analizar e interpretar su experiencia mística personal. Todo conocimiento está finalmente basado en esa experiencia, lo cual confiere a las tradiciones orientales un fuerte carácter empírico.

En el misticismo oriental, el conocimiento está firmemente basado en la experiencia, lo cual sugiere un paralelismo con el conocimiento científico, que también está firmemente basado en la experimentación. Este paralelismo se cumple además por la propia naturaleza de la experiencia mística. En las tradiciones orientales se la describe corno una percepción directa, que cae totalmente fuera del mundo del intelecto y que se logra más que pensando mirando, mirando dentro de uno mismo, mediante la observación.

En el taoísmo, esta idea de la observación está materializada en el nombre de los templos taoístas kuan que originalmente significaba “mirar”. Así, los taoístas consideraban a sus templos como lugares de observación. En el budismo Ch’an, versión china del Zen, la iluminación es citada corno “la visión del Tao” y en todas las escuelas budistas se considera el ver, como la base del saber entendiendo que “Ver, es experimentar la iluminación.”
Teniendo en cuenta la gran diferencia existente entre las naturalezas de estos dos actos de observación, este paralelismo entre el experimento científico y la experiencia mística puede parecer sorprendente. Los físicos realizan experimentos que implican un elaborado trabajo de equipo y una tecnología altamente sofisticada, mientras que los místicos obtienen su conocimiento simplemente a través de la introspección, sin maquinaria de ningún tipo y en la privacidad de su meditación. Además. los experimentos científicos son repetibles en cualquier momento y por cualquier persona, mientras que las experiencias místicas parecen estar reservadas a unos pocos individuos y a ocasiones muy especiales. Un examen más minucioso muestra, sin embargo, que la diferencia entre ambos tipos de observación radica sólo en su enfoque y no en su complejidad ni en su confiabilidad.

Quien desee repetir un experimento de física subatómica tendrá que pasar antes muchos años de estudio, entrenamiento y preparación. Sólo entonces podrá hacer una pregunta concreta a la naturaleza a través del experimento, y podrá comprender la respuesta. De manera similar, la experiencia mística requiere generalmente muchos años de entrenamiento bajo la dirección de un maestro experto y, al igual que ocurre en el experimento científico, el tiempo dedicado no garantiza por sí solo el éxito. No obstante, si el estudiante tiene éxito, podrá “repetir el experimento”. De hecho, la repetición de la experiencia es básica en el entrenamiento místico y constituye la meta de toda instrucción mística.

Una experiencia mística, por lo tanto, no es algo más único que un moderno experimento de física. Por otro lado, tampoco es amenos sofisticada, aunque lo sea de un modo diferente. La complejidad y la eficiencia de los aparatos técnicos del físico se ve igualada, si no superada, por la consciencia del místico -tanto física como espiritual- en la meditación profunda. Así, tanto científicos copio místicos han desarrollado métodos de observación de la naturaleza altamente sofisticados, inaccesibles a los profanos. Una página de una revista sobre física experimental será tan misteriosa para el no iniciado como un mándala tibetano. Ambos son registros de investigaciones sobre la naturaleza del universo.

El misticismo oriental está basado en la percepción directa de la naturaleza de la realidad y la física se basa en la observación de los fenómenos naturales que tienen lugar en los experimentos científicos. En ambos campos, las observaciones son después interpretadas y esa interpretación, con frecuencia es comunicada por medio de palabras. Dado que las palabras son siempre un mapa abstracto y aproximado de la realidad, las interpretaciones verbales de un experimento científico o de una percepción mística serán necesariamente imprecisas e incompletas. Tanto los físicos modernos como los místicos orientales son conscientes de este hecho.

En física, a esas interpretaciones de los experimentos se les llama modelos o teorías y la aceptación de que todos los modelos y teorías son aproximados es algo básico en la investigación científica moderna. De ahí la frase de Einstein: “En lo que las leyes matemáticas se refieren a la realidad, no son ciertas; y en lo que son ciertas, no se refieren a la realidad”. A pesar de que existe una nueva teoría que unifica las cuatro fuerzas fundamentales de la naturaleza: gravedad, fuerza nuclear fuerte, fuerza nuclear débil y la fuerza electromagnética en busca de la “formula perfecta” (investigada por Einstein y Haowkins) los físicos aún son conscientes de que sus métodos de análisis y de razonamiento lógico nunca podrán explicar la totalidad de los fenómenos naturales en su conjunto, por eso eligen un cierto grupo de fenómenos y tratan de construir un modelo que les permita describir a ese grupo. Al hacer esto, descuidan otros fenómenos y por ello su modelo no proporcionará una descripción completa de la situación real. Los fenómenos que no han sido tomados en cuenta pueden tener un efecto tan pequeño que su inclusión no alteraría significativamente la teoría, o tal vez se los omite simplemente por que en el momento de establecer la teoría no son conocidos.

Especificar las limitaciones de un modelo dado en el momento de su construcción es a menudo una de las tareas más difíciles y más importantes. Según Geoffrey Chew, cuya teoría de la “tira de bota” examinaremos más adelante, es esencial preguntarse tan pronto como un modelo o teoría se ponga a funcionar: ¿Por qué funciona? ¿Cuáles son sus límites? ¿Qué tipo de aproximación significa exactamente? Según Chew, estas preguntas constituyen el primer paso hacia futuros progresos.

Los místicos orientales, a su vez, son también conscientes del hecho de que toda descripción verbal de la realidad es imprecisa e incompleta. La experiencia directa de la realidad trasciende los reinos del pensamiento y del lenguaje y dado que todo el misticismo se basa en dicha experiencia directa, cualquier cosa que pueda decirse sobre la misma será sólo parcialmente cierta. En física la naturaleza aproximada de todas las afirmaciones es cuantificada y el progreso se realiza aumentando la aproximación en muchos pasos sucesivos.

¿Cómo abordan entonces las tradiciones orientales el problema de la comunicación verbal? En primer lugar, el interés principal de los místicos lo constituye la experiencia de la realidad y no la descripción de esa experiencia. Por ello, en general no existe un marcado interés en el análisis de dicha descripción y así, el concepto de una aproximación bien definida nunca surgió en el pensamiento oriental. Cuando los místicos orientales expresan su conocimiento mediante palabras -ya sea sirviéndose de mitos, de imágenes poéticas o de afirmaciones absurdas- son siempre conscientes de las limitaciones impuestas por el lenguaje y por el pensamiento “lineal”. Los físicos modernos han llegado a adoptar exactamente la misma actitud en relación con sus modelos verbales y sus teorías, las cuales son también sólo aproximadas y forzosamente inexactas. Una misma idea sobre la materia es transmitida, por ejemplo, a un hindú mediante la danza cósmica del dios Shiva y a los físicos a través de ciertos aspectos de la teoría del campo cuántico. Ambos, el dios danzante y la teoría física, son creaciones de la mente: modelos que describen la intuición de sus autores sobre la realidad.

El hecho de que todas las teorías y modelos científicos son aproximados y de que sus interpretaciones verbales son siempre inadecuadas debido a la inexactitud de nuestro lenguaje fue ya aceptado por los científicos a comienzos de este siglo, cuando tuvo lugar una nueva e inesperada evolución de la ciencia. El estudio del mundo atómico obligó a los físicos a admitir que nuestro lenguaje común no sólo es impreciso, sino totalmente inadecuado para describir las realidades atómica y subatómica. La teoría cuántica y la teoría de la relatividad, bases ambas de la física moderna, han puesto de manifiesto que esta realidad trasciende la lógica clásica y que no se puede hablar de ella en el idioma corriente.

Desde un punto de vista filosófico, ésta ha sido sin duda la más interesante evolución de la física moderna, constituyendo una de las raíces de su relación con la filosofía oriental. En las escuelas de la filosofía occidental, la lógica y el razonamiento han sido siempre las principales herramientas utilizadas en la formulación de las ideas Filosóficas, y según Bertrand Russell esto es cierto incluso en las filosofías religiosas. Sin embargo, en el misticismo oriental siempre se ha admitido el hecho de que la realidad trasciende al lenguaje ordinario y así los sabios orientales nunca tuvieron miedo de ir más allá de la lógica y de los conceptos comunes, lo cual podría ser la principal razón por la que sus modelos de la realidad constituyen una base filosófica más aproximada a la física moderna que los modelos de la filosofía occidental. Tanto el físico como el místico desean comunicar su conocimiento y cuando lo hacen con palabras. Sus afirmaciones resultan absurdas y están llenas de contradicciones lógicas. Estos absurdos son característicos de todo misticismo, desde Heráclito hasta don Juan y ahora, desde principios del presente siglo, lo son también de la física.

Un ejemplo de ello es la cuestión que tanto maravillaba a los físicos en las primeras etapas de la teoría atómica: ¿Cómo la radiación electromagnética podía estar compuesta de partículas -es decir, de entes confinados en un volumen pequeñísimo- y al mismo tiempo de ondas, que son esparcidas sobre un área amplia de espacio? Ni el lenguaje ni la imaginación podían lidiar muy bien con este tipo de realidad.

El misticismo oriental ha desarrollado varias formas de tratar con los aspectos absurdos de la realidad. Mientras en el hinduismo son evitados mediante el uso del lenguaje mítico, el budismo y el taoísmo tienden a acentuar el absurdo, más que a ocultarlo. Los budistas Zen tienen una particular destreza para aprovechar las inconsistencias de la comunicación verbal y con el sistema del koan han desarrollado una forma única de transmitir sus enseñanzas de un modo no verbal. Los koanes son acertijos absurdos, cuidadosamente compuestos a fin de que el estudiante se dé cuenta de las limitaciones de la lógica y del razonamiento del modo más directo. Lo absurdo e irracional de estos acertijos hace que su resolución pensando sea imposible. Están precisamente diseñados para detener el proceso del pensamiento y de este modo, preparar al estudiante para la experiencia no verbal de la realidad. A un principiante, el maestro Zen normalmente le presentará alguno de los siguientes:
“¿Cuál era tu rostro original?, ¿el que tenías antes de nacer de tus padres?” – “Aplaudiendo con las dos manos produces un sonido. ¿Qué sonido haces al aplaudir con una sola mano?”
Todos estos koanes tienen más o menos soluciones únicas, que un maestro competente reconocerá inmediatamente. Una vez se ha hallado la solución, el koan deja de ser algo absurdo y se convierte en una afirmación profundamente significativa, surgida de un estado de consciencia que el propio koan ayudó a despertar.

Aquí encontramos un asombroso paralelismo con las absurdas situaciones a las que se enfrentaron los físicos en los inicios de la física atómica. Al igual que en el Zen, la verdad estaba oculta en absurdos que no podían ser resueltos con el razonamiento lógico, sino que debían ser comprendidos bajo los parámetros de una nueva consciencia, la consciencia de la realidad atómica. El maestro en este caso era la naturaleza, la cual, del mismo modo que los maestros Zen, no facilita ningún tipo de solución, sino sólo los acertijos o adivinanzas que hay que resolver.

La solución de un koan exige un supremo esfuerzo de concentración y un involucramiento total por parte del estudiante. En los libros sobre Zen leemos que el koan capta el corazón y la mente del estudiante, creando un callejón sin salida, un estado sostenido de tensión en el que la totalidad del mundo se convierte en una enorme masa de dudas y preguntas. Los fundadores de la teoría cuántica experimentaron exactamente lo mismo, situación descrita muy vívidamente por Heisenberg:

“Recuerdo las discusiones con Bohr, que se prolongaban durante muchas horas, hasta bien avanzada la noche que acababan casi en la desesperación. Y cuando al terminar la discusión me iba solo a dar un paseo por el vecino parque, me repetía una vez y otra la misma pregunta: ¿Es posible que la naturaleza sea tan absurda como a nosotros nos lo parecía en aquellos experimentos atómicos?

En la física clásica, las preguntas sobre la naturaleza esencial de las cosas eran respondidas por el modelo newtoniano y mecanicista del universo, el cual, del mismo modo que el modelo de Demócrito en la antigua Grecia, redujo todos los fenómenos a movimientos e interacciones entre átomos duros e indestructibles. Las propiedades de estos átomos fueron abstraídas de la noción macroscópica de las bolas de billar, y por tanto, de la experiencia sensorial. El hecho de si estos conceptos se aplicarían realmente al mundo de los átomos no fue entonces cuestionado y desde luego, tampoco se podía investigar experimentalmente.

Sin embargo llegado el siglo XX, los físicos pudieron abordar ya de un modo experimental la cuestión de la naturaleza última de la materia. Con la ayuda de una tecnología sofisticada pudieron ahondar cada vez más en su investigación, descubriendo una capa de materia tras otra, en su búsqueda de los “ladrillos” iniciales. Así se verificó la existencia del átomo, luego se descubrieron sus componentes -el núcleo y los electrones- y finalmente los componentes del núcleo -protones y neutrones- y también muchas otras partículas subatómicas.

Los finos y complicados instrumentos de la moderna física experimental penetran profundamente en el mundo submicroscópico, en reinos de la naturaleza muy alejados de nuestro entorno macroscópico, haciendo a ese mundo accesible a nuestros sentidos.

En este viaje hacia el inundo de lo infinitamente pequeño, el paso más importante, desde el punto de vista filosófico, fue el primero: la entrada al reino de los átomos. Al investigar al átomo por dentro y al examinar su estructura, la ciencia trascendía los límites de nuestra imaginación sensorial. A partir de ese momento, no pudo confiar ya con absoluta certeza en la lógica y en el buen sentido. La física atómica proporcionó a los físicos las primeras vislumbres sobre la naturaleza esencial de las cosas. Al igual que los místicos, los físicos se hallaron entonces tratando con una experiencia no sensorial (le la realidad y como los místicos, tuvieron que hacer frente a los aspectos absurdos y paradójicos de esta experiencia. Desde entonces, los modelos e imágenes de la física moderna se parecieron mucho a los utilizados por la filosofía oriental.

Según los místicos orientales, la experiencia directa y mística de la realidad es un suceso momentáneo que sacude violentamente los fundamentos de nuestra visión del mundo. Los físicos, al comienzo de este siglo, sintieron algo parecido al ver que los fundamentos de su visión del mundo se tambaleaban ante la nueva experiencia de la realidad atómica, y describieron esa experiencia como “una violenta reacción ante la evolución de la física que tan sólo se podrá comprender advirtiendo que los fundamentos de la física han comenzado a moverse, y que ese movimiento ha causado la sensación de que la ciencia va a quedar separada de la tierra.”

Los descubrimientos de la física moderna exigían profundos cambios en conceptos corno espacio, tiempo, materia, objeto, causa y efecto, etc. y dado que estos conceptos son totalmente básicos para nuestra manera de experimentar el mundo, no es sorprendente que los físicos que debían cambiarlos experimentasen algo parecido a una conmoción. De estos cambios surgió una visión del mundo radicalmente distinta, y que todavía, a través de la actual investigación científica, está en proceso de formación.

Todo parece indicar que, tanto los místicos orientales como los físicos occidentales pasaron por experiencias similares, que los llevaron a contemplar el mundo desde perspectivas totalmente diferentes y nuevas.

La visión del mundo que los descubrimientos de la física moderna vinieron a variar estaba basada sobre el modelo mecanicista del universo de Newton. Este modelo constituía el sólido armazón de la física clásica. Era un cimiento formidable que soportaba, como una firme roca, toda la estructura de la ciencia y que proporcionó una base sólida a la filosofía natural durante casi tres siglos.

El escenario del universo newtoniano, en el cual ocurrían todos los fenómenos físicos, era el espacio tridimensional de la geometría clásica euclidiana. Era un espacio absoluto, siempre en reposo e inmutable. En palabras de Newton: “el espacio absoluto, en su propia naturaleza, sin consideración a nada externo, permanece siempre igual e inamovible”.6 Todos los cambios que tienen lugar en el inundo físico fueron descritos en función de una dimensión aparte, llamada tiempo, que a su vez era absoluta, sin conexión con el mundo material y que fluía suavemente desde el pasado, pasando por el presente, hacia el futuro. “El tiempo absoluto, verdadero y matemático -decía Newton-, en sí mismo y por su propia naturaleza, fluye de un modo uniforme, sin ser afectado por nada externo a él”.

Los elementos del mundo newtoniano que se movían en estos espacios y tiempos absolutos eran partículas materiales. En las ecuaciones matemáticas se los trataba como puntos de masa, y Newton los consideraba como objetos pequeños, sólidos e indestructibles, de los cuales estaba compuesta la materia. Era un modelo bastante similar al de los atomistas griegos. Ambos se basaban en la distinción entre lo lleno y lo vacío, entre materia y espacio y en ambos modelos las partículas permanecían siempre idénticas a sí mismas en cuanto a su masa y su forma. Por ello la materia siempre se conservaba y tenía un carácter esencialmente pasivo. La principal diferencia entre los sistemas atomistas de Demócrito y de Newton es que éste último incluye una precisa descripción de la fuerza que actúa entre las partículas materiales Tanto las partículas como las fuerzas existentes entre ellas se consideraban creadas por Dios y por consiguiente, no eran sujeto de mayor análisis.

Esta visión mecanicista de la naturaleza, está por consiguiente estrechamente relacionada con un riguroso determinismo. La gigantesca maquinaria cósmica era considerada como totalmente causal y determinada. Todo lo que sucedía tenía una causa definida y originaba a su vez unos efectos definidos.
Los siglos XVII y XIX presenciaron un tremendo éxito de la mecánica newtoniana. El propio Newton aplicó su teoría al movimiento de los planetas y pudo explicar los rasgos básicos del sistema solar. Su modelo planetario era muy simplificado, no tenía en cuenta por ejemplo, la influencia gravitacional de los planetas entre sí, pese a ello descubrió que había ciertas irregularidades que no podía explicar. Resolvió este problema asumiendo que Dios estaba siempre presente en el Universo para corregir tales irregularidades.

EI enorme éxito logrado por el modelo mecanicista hizo creer a los físicos de principios del siglo XIX que el universo era un gigantesco sistema mecánico que funcionaba según las leyes newtonianas del movimiento. Estas leyes fueron consideradas como las leyes básicas de la naturaleza, y la mecánica de Newton se convirtió en la teoría definitiva, que explicaba todos los fenómenos naturales. Y sin embargo, apenas cien años más tarde era descubierta tina nueva realidad física que pondría de manifiesto las limitaciones del modelo newtoniano, demostrando que ninguna de sus características tenía validez absoluta. Este convencimiento no llegó súbitamente, sino que fue iniciado por trabajos que va habían comenzado en el siglo XIX y que prepararon el camino para las revoluciones científicas de nuestro siglo. El paso más importante lo dieron Michael Faraday y Clerk Maxwell, Faraday y Maxwell no sólo estudiaron los efectos de las fuerzas eléctricas y magnéticas, sino que hicieron de las mismas el principal objeto de su investigación.

Reemplazaron el concepto de fuerza por el de campo de fuerza, y con ello, fueron los primeros en ir más allá de la física newtoniana. En lugar de interpretar la interacción que se da entre una carga positiva y una negativa diciendo simplemente que las dos cargas se atraen una a la otra como lo harían dos masas según la mecánica newtoniana, Faraday y Maxwell encontraron más apropiado decir que cada una de las cargas crea una “perturbación”, o una “condición” en el espacio que las circunda, de tal modo que cuando la otra carga está presente, siente una fuerza (es equivalente a la percepción de los Jedi cuando la fuerza del mal esta cerca “sienten una perturbación en la fuerza”). A esta característica del espacio capaz de producir una fuerza, la denominaron campo. Desde la perspectiva newtoniana, las fuerzas estaban rígidamente relacionadas con los cuerpos sobre los que actuaban. Ahora el concepto de fuerza tuvo que ser sustituido por el mucho más sutil concepto de campo, que tenía su propia realidad y que podía ser estudiado sin ninguna referencia a los cuerpos materiales llamándose esta nueva realidad “electrodinámica”.

Las tres primeras décadas de nuestro siglo cambiaron radicalmente todo el panorama de la física. Dos hallazgos separados -el de la teoría de la relatividad y el de la física atómica- vinieron a destruir todos los conceptos principales de la concepción newtoniana del mundo: la noción del espacio y tiempo absolutos, las partículas sólidas elementales, la naturaleza estrictamente causal de los fenómenos físicos, y el ideal de una descripción objetiva de la naturaleza.

En los comienzos de la física moderna se da la extraordinaria hazaña intelectual de un hombre: Albert Einstein quién creía firmemente en la armonía inherente en toda la naturaleza y durante toda su vida científica su más profundo interés fue encontrar una base única para toda la física, Construyendo un armazón común que sirviese tanto para la mecánica como para la electrodinámica, las dos teorías de la física clásica. Este armazón es conocido como la teoría especial de la relatividad.
En 1915, Einstein propuso su teoría general de la relatividad, en la que el armazón de la teoría primera o especial se amplía para incluir la gravedad, es decir, la atracción mutua de todos los cuerpos sólidos. Mientras que la teoría especial ha sido ya confirmada por innumerables experimentos, la teoría general todavía no se ha podido confirmar de un modo concluyente. Sin embargo, hasta ahora es la teoría de la gravedad más aceptada, más congruente y más elegante, y está siendo ampliamente utilizada en astrofísica y cosmología para la descripción del universo en general.

A principios de siglo se descubrieron varios fenómenos relacionados con la estructura de los átomos, inexplicables en los términos de la física clásica. Poco después se descubrieron otros tipos de radiaciones emitidas por los átomos de las llamadas substancias radioactivas. Luego se establece el modelo planetario del átomo y se descubre que el número de electrones existentes en los átomos de un cierto elemento determinan las propiedades químicas del mismo, generando la combinación que está expresada en la tabal periódica de los elementos.

Cada vez que los físicos hacían una pregunta a la naturaleza en un experimento atómico, la naturaleza respondía con un absurdo, y cuanto más trataban de aclarar la situación, más desconcertante resultaba dicho absurdo. Tardaron mucho tiempo en aceptar el hecho de que estas absurdas paradojas pertenecen a la estructura intrínseca de la física atómica, y en darse cuenta de que surgen siempre que se intenta describir los sucesos atómicos en los términos tradicionales de la física.

Las unidades subatómicas de materia son entidades muy abstractas que tienen un aspecto dual. Dependiendo de cómo las veamos, aparecen a veces como partículas y otras veces como ondas. Naturaleza dual que es también manifestada por la luz, que puede tomar la forma de ondas electromagnéticas o de partículas. Esta propiedad común de la materia y de la luz resulta muy extraña. Parece imposible aceptar que algo pueda ser al mismo tiempo, una partícula -es decir, un cuerpo, aunque de volumen pequeñísimo- y una onda, que se esparce por una extensa región del espacio.

Esta contradicción dio lugar a paradojas y absurdos semejantes a los koanes que finalmente llevaron a la formulación de la teoría cuántica, la cual ha revelado la unidad básica del universo. Ha mostrado que no podemos descomponer el mundo en las unidades más pequeñas existentes independientemente. A medida que penetramos en la materia, la naturaleza no nos muestra ningún “ladrillo básico” aislado, sino que aparece como una complicada telaraña de relaciones existentes entre las diversas partes del conjunto. Estas relaciones siempre incluyen al observador de un modo esencial. El observador humano constituye el nexo final en la cadena de los procesos de observación, y las propiedades de cualquier objeto atómico sólo se pueden comprender en términos de la interacción que tiene lugar entre el objeto observado y el observador. Esto significa que el ideal clásico de una descripción objetiva de la naturaleza ha dejado ya de tener validez. La separación cartesiana entre yo y el mundo, entre el observador y lo observado, no puede hacerse cuando se trata con la materia atómica. En la física atómica, nunca podemos hablar de la naturaleza sin, al mismo tiempo, hablar sobre nosotros mismos.

Como se puede observar, en la física moderna, el universo es experimentado como un todo dinámico, inseparable, que siempre incluye de una manera esencial al observador. En esta experiencia, los conceptos tradicionales de espacio y tiempo, de objetos aislados, y de causa y efecto, pierden su significado. Tal experiencia, no obstante, es muy similar a la de los místicos orientales. La similitud se hace evidente en las teorías cuánticas y de la relatividad, y se acentúa aún más en los modelos “cuánticorelativistas” de la física subatómica, donde ambas teorías son combinadas, produciéndose el más sorprendente paralelismo con el misticismo oriental.

El contraste entre los chinos y japoneses, por un lado, y los indios por otro, es tan grande que se ha dicho que representan a los dos polos de la mente humana. Mientras que los primeros son prácticos, pragmáticos y con una mentalidad social, los últimos son imaginativos, metafísicos y trascendentales. Cuando los filósofos chinos y japoneses comenzaron a traducir e interpretar el Avatamsaka, uno de los más importantes textos producidos por el genio religioso de la India, estos dos polos se combinaron para formar una nueva unidad dinámica y el resultado fue la filosofía Hita-yen en China y la filosofía Kegon en Japón, que constituyen el punto culminante del pensamiento budista desarrollado en el extremo Oriente durante los últimos dos mil años.

El tema central del Avatamsaka es la unidad e interrelación existente entre todas las cosas y sucesos, concepción que no es sólo la esencia de la visión oriental del inundo, sino también uno de los elementos básicos de la idea del universo surgida de la física moderna. Así, veremos que el Saura Avatamsaka, presenta el más sorprendente paralelismo con los modelos y teorías de la física moderna.

Cuando el budismo llegó a China, aproximadamente hacia el siglo primero de nuestra era, se encontró allí con una cultura que tenía ya más de dos mil años de antigüedad. Ya en un principio, esta filosofía tuvo dos aspectos complementarios. Siendo los chinos gente práctica y con una conciencia social altamente desarrollada, todas sus escuelas filosóficas estaban interesadas, de un modo u otro, en la vida en sociedad, en las relaciones humanas, los valores morales y el gobierno. Sin embargo, esto es sólo un aspecto del pensamiento chino. Como complemento a él está el aspecto místico del carácter chino, para el cual la más elevada nieta de la filosofía debía ser trascender el aspecto social y la vida cotidiana, alcanzando un plano de conciencia más elevado: el plano del sabio, ideal chino del hombre iluminado que ha logrado su unión mística con el universo.

El sabio chino sin embargo, no mora exclusivamente en ese elevado plano espiritual, sino que se interesa igualmente en los asuntos mundanos. Unifica en sí mismo las dos partes complementarias de la naturaleza humana que tanto se manifiesta en nuestra orden -sabiduría intuitiva y conocimiento práctico, contemplación y acción social-, unidad que los chinos han relacionado siempre con la imagen del sabio y del rey.

Durante el siglo VI a.C., estos dos aspectos de la filosofía china evolucionaron dando lugar a dos escuelas filosóficas distintas: el Confucionismo y el Taoísmo. El confucionismo era la filosofía de la organización social, del sentido común y del conocimiento práctico. Facilitaba a la sociedad china un sistema educativo y al mismo tiempo estrictas normas de etiqueta social. Una de sus principales finalidades era formar una base ética para la familia china tradicional, con su compleja estructura y sus rituales de adoración a los antepasados. El taoísmo, sin embargo, se interesaba principalmente en la observación de la naturaleza y en el descubrimiento de su Camino o Tao. La felicidad humana, según los taoístas, se logra cuando los hombres siguen el orden natural, obrando espontáneamente y confiando en su conocimiento intuitivo.

Los chinos, al igual que los hindúes, creían que existe una realidad última que sirve de base y unifica a la multiplicidad de cosas y acontecimientos que observamos:
Hay tres términos: “completo”, “todoabarcante” y “total”. Sus nombres son diferentes pero la realidad que todos ellos buscan es la misma: se refieren a la Unica cosa”.

A esta realidad la llamaron Tao, que inicialmente significaba “el Camino”. Se trata del camino o proceso del universo, del orden de la naturaleza. Posteriormente, los confucionistas le dieron una interpretación diferente. Ellos hablaban sobre el Tao del hombre, o el Tao de la sociedad humana, y lo entendían como la forma correcta de vida en un sentido moral. En su sentido original cósmico, el Tao es la realidad última, indefinible y como tal es el equivalente del Brahman hinduista o del Dharmakaya budista. Difiere de estos conceptos hindúes, no obstante, por su cualidad intrínsecamente dinámica que, desde el punto de vista chino, constituye la esencia del universo. El Tao es el proceso cósmico en el que todas las cosas se encuentran y el mundo es percibido como un flujo y un cambio continuos.

El budismo hindú, con su doctrina de la impermanencia, tenía un concepto bastante similar, aunque lo tomaba meramente como premisa básica de la situación humana y continuaba elaborando sus consecuencias psicológicas. El chino, sin embargo, no sólo creía que el flujo y el cambio eran los rasgos esenciales de la naturaleza, sino también que en estos cambios existían unos patrones constantes, que debían ser observados por el hombre. El sabio reconoce estos patrones y dirige sus obras de acuerdo con ellos. De esta manera, se hace “uno con el Tao”, viviendo en armonía con la naturaleza y triunfando en todo lo que emprende.

Los taoístas consideraban que el razonamiento lógico formaba parte del mundo artificial del hombre, junto con la etiqueta social y las pautas morales. No tenían el mínimo interés en ese mundo sino que concentraban su atención en la observación de la naturaleza, a fin de discernir las “características del Tao”. De este modo, desarrollaron una actitud que era esencialmente científica y sólo su profunda desconfianza hacia el método analítico les impidió construir apropiadas teorías científicas. Sin embargo, la cuidadosa observación de la naturaleza, combinada con una fuerte intuición mística, condujo a los sabios taoístas a profundas percepciones, que han sido confirmadas por las modernas teorías científicas. Una de las más importantes percepciones taoístas fue la idea de que la transformación y el cambio son rasgos esenciales de la naturaleza.

Aunque las tradiciones espirituales de oriente difieren en muchos detalles, su visión del mundo es esencialmente la misma. Es una cosmovisión basada en la experiencia mística -en una experiencia directa, no intelectual, de la realidad- y esta experiencia tiene ciertas características fundamentales que son independientes del fondo geográfico, histórico o cultural del místico que la experimenta. Un hindú y un taoísta tal vez acentúen diferentes aspectos de la experiencia; un budista japonés quizá interprete su experiencia en unos términos muy diferentes de los que utilizaría un budista hindú pero los elementos básicos de la cosmovisión desarrollada en todas estas tradiciones son los mismos. Estos elementos también parecen ser los rasgos fundamentales de la cosmovisión que emerge de la física moderna.

La unidad básica del universo no sólo constituye el rasgo central de la experiencia mística, sino también ha resultado ser una de las más importantes revelaciones de la física moderna. Se hace ya aparente a nivel atómico y se manifiesta cada vez más a medida que profundizamos en la materia dentro del mundo de las partículas subatómicas. La unidad de todas las cosas y sucesos será un tema que se repetirá una vez y otra durante toda esta comparación entre la física moderna y la filosofía oriental. A medida que estudiemos los diversos modelos de la física subatómica veremos que expresan repetidamente, aunque de diferentes maneras, la misma percepción: que los componentes de la materia y los fenómenos básicos que la envuelven están todos interconectados, interrelacionados y son interdependientes, que no pueden entenderse como entidades aisladas, sino sólo como partes integrantes del todo.

La física moderna ha confirmado del modo más espectacular una de las ideas básicas del misticismo oriental: que todos los conceptos que empleamos para describir la naturaleza son limitados, que no son rasgos de la realidad, corno se tiende a creer, sino creaciones de la mente, partes del mapa, no del territorio. Cada vez que ampliamos el ámbito de nuestra experiencia, las limitaciones de la mente racional se hacen evidentes y tenemos que modificar, o incluso abandonar, algunos de nuestros conceptos previos.

La física clásica se basaba en la idea de un espacio tridimensional, absoluto e independiente de los objetos materiales contenidos en él, y que obedecía a las leyes de la geometría euclidiana. Y también sobre la idea del tiempo como una dimensión aparte, también absoluta, que fluye de un modo uniforme, e independiente del mundo material. En Occidente, estos conceptos de espacio y tiempo estaban tan profundamente arraigados en las mentes de los filósofos y de los científicos que eran considerados como propiedades de la naturaleza verdaderas e incuestionables.
La creencia de que la geometría era algo inherente a la naturaleza, en lugar de formar parte del esquema que empleamos para describirla, procede del pensamiento griego. La geometría demostrativa constituía la parte central de las matemáticas griegas y tenía una profunda influencia sobre la filosofía. Su método de hallar los teoremas mediante el razonamiento deductivo a partir de axiomas incuestionables se convirtió en la característica central del pensamiento filosófico griego Así la Geometría se hallaba en el mismo centro de todas las actividades intelectuales y constituía la base de todo adiestramiento filosófico. Se dice que en la verja de entrada a la Academia de Platón, en Atenas, había una inscripción que decía: “No te está permitido entrar aquí, a menos que sepas Geometría”. Los griegos creían que sus teoremas matemáticos eran expresiones de verdades eternas y exactas del mundo real, y que las formas geométricas eran manifestaciones de la belleza
absoluta. La geometría estaba considerada como la combinación perfecta de la lógica y la belleza y así se creyó en su origen divino. De ahí la sentencia de Platón: “Dios es geómetra”.

Puesto que la geometría era considerada como una revelación de Dios, para los griegos era obvio que el cielo debía mostrar formas geométricas perfectas. Es decir, que los cuerpos celestes tenían que moverse en círculos. Para que la imagen fuera todavía más geométrica, se les creía fijos en una serie de esferas cristalinas concéntricas, que se movían como un todo, con la Tierra en el centro.
En los siglos siguientes, la geometría griega continuó ejerciendo una fuerte influencia sobre la filosofía y la ciencia de occidente. Fue necesario un Einstein para hacer ver a los científicos y filósofos que la geometría no es algo inherente a la naturaleza, sino que fue impuesta sobre ella por la mente La filosofía oriental, al contrario que la griega, siempre mantuvo que el espacio y el tiempo son creaciones de la mente. Los místicos orientales los trataron como a todos los demás conceptos intelectuales: como algo relativo, limitado e ilusorio. En un texto budista, por ejemplo, hallamos estas palabras:

“El Buda enseñó, oh monjes, que… el pasado, el futuro, el espacio físico… y las individualidades, no son más que nombres, formas de pensamiento, palabras de uso común, realidades meramente Superficiales”

En la teoría general de la relatividad, los conceptos clásicos de espacio y tiempo como entidades absolutas e independientes quedan totalmente abolidos. No sólo son relativas todas las mediciones que implican espacio y tiempo relativos, dependiendo del movimiento del observador, sino que toda la estructura espacio-temporal está inevitablemente ligada a la distribución de la materia El espacio está curvado en grados diferentes y el tiempo fluye con ritmos diferentes en las diferentes partes del universo. Así, hemos llegado a percibir que las nociones de un espacio euclidiano tridimensional y de un tiempo que fluye linealmente están limitadas a nuestra experiencia ordinaria del mundo físico y deben ser totalmente abandonadas cuando ampliamos esta experiencia.

Los sabios orientales hablan también de una ampliación de su experiencia del mundo en estados de consciencia más elevados, y afirman que estos estados contienen una experiencia del tiempo y del espacio radicalmente diferente. No sólo afirman que en la meditación van más allá del espacio tridimensional ordinario, sino también e incluso con más fuerza- que trascienden la consciencia ordinaria del tiempo. En lugar de una sucesión lineal de instantes, experimentan -según dicen- un presente infinito, eterno, y sin embargo, dinámico, como bien lo representa la siguiente sentencia:

“En este mundo espiritual no existen divisiones de tiempo tales como pasado, presente y futuro; porque se han contraído a sí mismas en un simple momento del presente, donde la vida palpita en su verdadero sentido… En ese momento presente de iluminación están envueltos el pasado y el futuro y no es algo que permanezca inmóvil con todos sus contenidos, sino que se mueve incesantemente.”

En la física relativista espacio y tiempo son totalmente equivalentes, están unificados en un continuo cuatridimensional en el que las interacciones de las partículas pueden proyectarse en cualquier dirección. Si queremos representar estas interacciones, tendremos por fuerza que hacerlo en una “instantánea cuatridimensional”, que cubra todo el ámbito del tiempo y también toda la región del espacio. Para captar el mundo relativista de las partículas, debemos olvidar “el lapso de tiempo”, como dice Chuang Tzu, y éste es el motivo por el que los diagramas espacio temporales de la teoría del campo pueden resultar una valiosa analogía de la experiencia espaciotemporal vivida por el místico oriental. La evidencia de esta analogía es mostrada por las siguiente observación del lama Anagarika Govinda:

Si hablamos de la experiencia del espacio durante la meditación, estaremos tratando con una dimensión totalmente diferente… En esa experiencia espacial la secuencia temporal se convierte en una coexistencia simultánea, en la existencia de todas las cosas, unas junto a otras… y, no es algo estático, sino que se convierte en una continuidad viva, en la que se integran el tiempo y el espacio.

CONCLUSIONES

Al comenzar este peregrinaje, entré a un mundo desconcertante…”El Tao de la Física”. Desconcertante ya que desde mi particular punto de vista, hasta el desarrollo de este trabajo, ambas vías de analizar el universo no tenían ligazón alguna , sin embargo, los paralelismos con la Física entregados por Capra en su libro, nos da la oportunidad de descubrir que las teorías y los modelos principales de la física moderna conducen a una visión del mundo que es internamente congruente y que al parecer podrían llegar a una perfecta armonía con las ideas del misticismo oriental, abriéndonos nuevas interrogantes.

Los paralelismos existentes entre los conceptos de los físicos y los de los místicos se hacen todavía más evidentes si observamos otras similitudes que existen a pesar de sus diferentes enfoques. Para empezar, el método de ambos es completamente empírico. Los físicos obtienen su conocimiento de los experimentos; los místicos de sus percepciones meditativas. Ambas son observaciones, y tanto en la física cono en el misticismo a tales observaciones se las considera como la única fuente de conocimiento a pesar de que la fuente de observación es diferente.

Dos mundos tan diferentes y tan iguales, como extremos de la misma cuerda, uno, el misticismo entiende las ramas del universo y el otro, la ciencia, es capaz de entender las raíces y al parecer el encuentro es inevitable.

Al comenzar el presente desarrollo he citado lo que representa, desde mi punto de vista, sincerar y aceptar los cominos que uno ha decidido recorrer, “Cualquier camino es sólo tu camino y no es vergonzoso, ni para uno mismo ni para los demás, abandónalo si así te lo dicta tu corazón…Observa detalladamente cada uno de los caminos. Ponlos a prueba tantas veces como creas necesario. Luego pregúntate a ti mismo, y sólo a ti mismo, lo siguiente: “¿Tiene corazón este camino?” Si lo tiene, el camino es bueno; si no lo tiene, no sirve para nada.” Ya que en nuestro intento por comprender el misterio de la Vida, los hombres hemos seguido caminos muy diferentes para describir el mundo, caminos verbales y no verbales entre los que se encuentran los caminos del científico y el místico, pero hay muchos más: la poesía, la literatura y la simbología entre otros. Esta última, nos induce a descubrir los secretos mas profundos acerca de nosotros mismos y cuanto nos rodea, desde nuestro yo interior hacia el yo exterior, expresado en nuestra relación con el otro mas allá del propósito de las palabras, permaneciendo en el universo de las ideas cuando las palabras se olvidan. Camino que comenzamos transitando por la vía de la reflexión y observación para luego situarnos en la malla cósmica como un principio activo creador de realidad, donde nuestra energía surte efecto en el plano del otro. Sin embargo este camino, nuestro TAO, es una más de las visiones existentes, particular, válida y útil en el contexto en que la utilizamos, pero incompleta en si misma como visión si permanecemos circunscritos a ella sin buscar otras verdades y entregar nuestras propias verdades para dinamizar cuanto nos rodea.

Andrés Dintrans Romo

 

Bibliografía

  1. El Tao de La Física, Capra Fritjof, 1983.Editorial Sirio

  2. http://es.wikipedia.org/wiki/Albert_Einstein.

  3. http://labellateoria.blogspot.com/2007_03_01_archive.html

  4. http://www.unav.es/cryf/dialogoentrecienciayfe.html

  5. http://es.wikipedia.org/wiki/Teor%C3%ADa_del_todo.

  6. Paper:Unamentepródigaparaunmundosistémico,RodrigoJilibertoHerrera.

  7. Paper:LAINSERCIÓNDELAFÍSICAMODERNAENLASOCIEDAD.MARTÍNEZ,FlorenciaSabrina.ColegioModeloIsaacNewton,MardelPlata,BuenosAires.ProfesorGuía:FERNÁNDEZ

 

Conocete a tí mismo

“Conocete a tí mismo” que a la entrada del Oráculo de Delfos instaba al visitante, antes de atreverse a realizar   la petición, a examinarse profundamente. Socrates enseña que conocerse a si mismo es tener conciencia no solo respecto de sus limites e ignorancia, sino también acerca de sus virtudes.

Cuando aceptamos el desafío, aparece un llamado de atención que nos lleva a reflexionar si realmente sabemos quienes somos, de donde venimos  y hacia donde vamos. Nos obliga a lo mas difícil, develar nuestras falencias, errores, egoísmos y darnos cuenta del alcance de nuestra ignorancia. Poner en la balanza que internamente esta siempre a nuestro favor, nuestras virtudes y nuestras debilidades; cuestionar nuestras creencias hasta lo más profundo haciéndonos responsables de nosotros mismos.

Blaise Pascal describe esta mirada:”¡Qué quimera el hombre! ¿Qué novedad, que monstruo, qué caos, que contradicción, qué prodigio! Juez de todas las cosas y gusano infecto, depositario de la verdad, cloaca de incertidumbre y error, gloria y desecho del universo”. El hombre en esencia, lleno de contradicciones prestas a ser superadas a través de la búsqueda sincera de la verdad, mirando primero hacia dentro, encontrando nuestro origen, perdonándonos sinceramente en cada sombra encontrada en nuestra niñez, recuperando el idealismo y felicidad sincera de nuestro espíritu pero con una nueva mirada.

El perfeccionamiento es un camino complejo que requiere de tesón, decisión, desarrollo de la tolerancia y observación silenciosa. Algunos detendrán el paso, otros seguirán adelante en la búsqueda de la superación de los defectos transformándose en hombres y mujeres útiles a sí mismos y en consecuencia, útiles a la sociedad toda.

Tarot, Introduccion

La opinión general es que el Tarot proviene de Egipto, y fue llevado a Europa a principio de la Edad Media por gitanos que se asentaron primero en Bohemia y luego se extendieron hacia el oeste por todo el continente, asentandose en el sur de Francia, especialmente en la Camargue. En este lugar ha subsistido una iglesia, Sainte Marie de la Margue, destinada a los gitanos que anualmente realizan una peregrinación desde los todos los rincones apartados del mundo.

Fue en ese lugar donde se originó el famoso Tarot de Marsella, popularizado por Court Gébelin , relaciona la cartomancia con la alquimia (palabra que proviene del árabe y que significa arte de Khem o Egipto), señalando que el Tarot constituye el último vestigio de las bibliotecas egipcias, siendo además una síntesis de sus obras más importantes.

El origen de la palabra TAROT, para muchos viene de «torah» que en hebreo significa «la ley», para otros proviene de los vocablos latinos «rota», rueda u «orat», habla. La tesis más aceptada es que deriva de las palabras egipcias TAR, sendero, y RO, real; lo explica el verdadero significado del juego, que se utiliza para encontrar un camino auténtico.

En su momento histórico aparecen varias doctrinas, entre ellas el gnosticismo, que se nutren de ideas de otras religiones y culturas, adoptando sus formas y ritos. Así, el Tarot pasó a reemplazar a los antiguos oráculos, basándose en ilustraciones atractivas para el pueblo, en su mayoría analfabeto.

Algunos sectores del clero tuvieron gran importancia en el mantenimiento de estas prácticas, puesto que también se desarrolló en claustros religiosos, revistiéndolas de otro carácter y tratando de erradicar su uso en la vida cotidiana.

El abate Constant, más conocido por Eliphas Lévi, sostiene que el Tarot es el mismo libro que la Biblia atribuye a Enoch, séptimo patriarca después de Adán; los egipcios, a Thoth y los griegos a Cadmus, fundador de Jerusalén.

El Thoth de los egipcios es el Hermes Trismegisto, el «tres veces grande» de los griegos, dios de la magia, entre otras ciencias.

También se debe a este religioso apóstata del siglo pasado, perteneciente a la orden Rosacruz, la vinculación de los 22 Arcanos Mayores del Tarot a las letras del alfabeto hebreo, que desde entonces suelen estar representadas en casi todas los mazos de Tarot.

Tipos de Tarot, Existen varios pero los más conocidos son:

Tarot Rider Waite: creado por un estadounidense que vivió en Inglaterra y que se hizo famoso por ser la baraja más utilizada en el norte de Europa.

Tarot Egipcio: proveniente del gran libro de Thot, concebido como compendio de la sabiduria del Antiguo Egipto.

Tarot de Marsella: se le atribuye a los Caballeros Templarios, perseguidos por la inquisición, lo desarrollaron en destierro para preservar conocimientos esotericos.

Tarot Celta:atribuido a los Druidas, grupo intelectual Celta que habitaba el sur de Inglaterra y Bretaña en Francia. Se destacaron por ser grandes videntes.

Tarot Gitano: esta mezclado de varias culturas, pero su base original es la de Marsella adaptando caracteristicas propias de este pueblo.

Tarot de Orishas:de origen africano, se usa mucho en España, Brazil y Africa. Contiene simbolos y figuras tipicas de la cultura Afro.

Tarot Crowley: Inventado por un poeta inglés que adquirió conocimientos en India, basado en Yoga y Tantrismo.

Tarot de Eliphas Levi: quien vió en las cartas del tarot una sintesis de la ciencia y la clave para la interpretar la Cábala.

Gloria Sotomayor Penroz
lolasotomayor@gmail.com
www.taramandra.cl

¿Crees en dios?

¿Crées en Dios?

La pregunta llega a los oídos atentos y no deja de incomodar la  cómoda realidad de muchos. Algunos consideran que el Ser Supremo es igual a Dios. Sin embargo, otros muchos mantienen una interpretación más compleja o filosófica. Algunos de tendencia librepensadora definen a dios como energía, instancia superior, conciencia elevada. Otros se definen como creyentes en un ser superior; en fin una variedad de definiciones como cuan diversa es la procedencia.

Sabemos que, desde que la humanidad existe  se ha intentado explicar esa Fuerza de innumerables formas. Todas las filosofías procuran en verdad esta respuesta, muchos la llaman la divinidad, otros la llaman la Eterna e Infinita Energía, otros simplemente la Materia, pero todos reconocen su existencia. Otras, sin embargo han buscado una denominación universal tal como, “Uno” o “Gran Arquitecto del Universo” pues de esta manera permite a todos reunirse bajo el concepto en la procuración de una respuesta.

El concepto de divinidad es algo que ha separado y dividido [AADR1] a los seres humanos en la historia, ya que existen líneas de pensamiento absolutamente contrapuestas, desde aquellas que afirman que el hombre inventó a Dios para aliviar el miedo y sostenerse frente al dolor e incertidumbre de la existencia, hasta aquellas que hacen de sus seguidores capaces de inmolarse por la fe de una verdad revelada, ante la promesa de una vida paradisíaca eterna y  plena.

No cabe duda de que para muchos seres humanos, la creencia en un Ser Superior cumple un papel de apoyo y explicación frente a lo desastrosos que suelen ser los caminos de la vida, sobretodo en regiones del planeta donde las carencias de toda índole reinan. Por otra parte, en tiempos en que la razón-materialista  gana terreno, constituye para muchos el modo sensato y civilizado de pensar, el hecho de que Dios es una creación ficticia del ser humano, siendo este punto cada vez más aceptado, quizás como nunca en la historia.
Sin embargo, también podemos pensar que la idea de Divinidad ha estado siempre presente por la percepción, intuitiva primero y reflexiva después, que los hombres han tenido de una Totalidad, una Presencia, un Orden, una Armonía, una Fuerza que impulsa, que está presente en todo lo que existe y, al mismo tiempo, trasciende a toda existencia.
Es probable que el concepto de una divinidad exterior, como un mago, que crea al universo y desde su espacio vela, gobierna y rige al ser humano, ya no sea suficiente hoy para el nivel de conciencia de muchas personas. Sin embargo, este Dios como un juez, o como una voz exterior que me ordena qué hacer con mi vida, que me dice qué es bueno y malo, todavía sirve a un gran porcentaje de personas que necesitan de barandas y límites externos para conducir sus vidas. Sin embargo, hay una minoría creciente a quienes esta idea de Dios se les hizo estrecha y se cierran a la posibilidad de una existencia divina.

Quizás el problema no tenga que ver con el reconocimiento de este Uno y Todo que mueve inteligentemente al universo y a la vida, sino con la idea que tenemos de ello. Quizás lo primero que habría que decir al respecto es que la idea que tenemos de Dios no es Dios[AADR2] , es sólo un concepto, una forma mental susceptible de ser ampliada, y de hecho éste ha ido mutando de acuerdo con la evolución intelectual de los tiempos. En épocas remotas, la divinidad fue mitificada y sentida como las fuerzas vivas de la naturaleza que eran entendidas como divinidades. Luego, la idea de divinidad fue transferida a la diosa Madre, luego a los múltiples dioses (como los griegos o romanos), luego al Dios monoteísta, primero concebido como un juez severo y luego como un padre bueno, siempre hemos buscado un modo de dar definición a eso que en filosofías más profundas es entendida como la Gran Armonía o la Gran Inteligencia en movimiento.
Eso que está entramado y es inseparable de su manifestación. Eso que mueve a la evolución. Eso que de alguna manera nos impulsa a trascender nuestro estado actual, que constituye nuestra esencia, pero que estamos lejos de reconocerla o manifestarla. El ego humano, aquello que nos lleva a vivir defendiendo o atacando, prisioneros de una imagen, condicionados por nuestros miedos o rencores, limitados por nuestros conceptos, de pronto nos impide despertar a una conciencia que reconozca a lo Uno detrás de toda diversidad.

Ese ha sido y será el camino del hombre, nuestro camino, algún día tal vez seremos conscientes de nuestra esencia divina, de nuestro origen y así podamos acercarnos intelectualmente a ese Ser trascendente o conciencia Suprema que mora en lo profundo de nosotros.


Desprogramando nuestras trabas

Le hacemos demasiado caso a las creencias que nos han inculca­do de pequeños. Si toda la vida te han dicho que eres un inútil, es probable que tu mente se crea el cuento y organice una base de datos sólida alrededor de la incompetencia percibida. Entonces, decir: “Soy inútil” es mucho más que una opinión, es una revelación convertida en dogma de fe. El slogan educativo con los años se convierte en un mandato difícil de ignorar: “Si mis padres y amigos me lo dicen, por algo es”. Así nace el paradigma, es decir, la certeza incontrovertible de que soy como me han dicho que soy.

Las situaciones límite siempre nos confrontan y si somos capaces de aprovecharlas, podemos revisar nuestra mente a fondo.

Las situaciones límite pueden hundirte o sacarte a flo­te, conformar un síndrome de estrés postraumático o formatear el disco duro. Las creencias más profundas se tambalean cuando nuestras señales de seguridad desaparecen, y ahi el cambio es inevitable.

La conclusión parece obvia: nos convencemos de lo que somos, asumimos el papel que el medio nos asigna como si fuéramos ratones de laboratorio.

Walter Riso – Pensar bien, sentirse mejor

LA LEY DE LA POTENCIALIDAD PURA

En el principio no había existencia ni inexistencia; todo este mundo era energía sin manifestarse…El Ser único respiraba, sin respiración,por su propio poder. Nada más existía…

- Himno de la Creación , Rig Veda

La primera ley espiritual del éxito es la ley de la potencialidad pura. Se basa en el hecho de que, en nuestro estado esencial, somos conciencia pura. La conciencia pura es potencialidad pura; es el campo de todas las posibilidades y de la creati­vidad infinita. La conciencia pura es nuestra esen­cia espiritual. Siendo infinita e ilimitada, también es felicidad pura. Otros atributos de la conciencia son el conocimiento puro, el silencio infinito, el equilibrio perfecto, la invencibilidad, la simplicidad y la dicha. Ésa es nuestra naturaleza esencial; una naturaleza de potencialidad pura.

Cuando descubrimos nuestra naturaleza esen­cial y sabemos quién somos realmente, ese solo conocimiento encierra la capacidad de convertir en realidad todos nuestros sueños, porque somos la posibilidad eterna, el potencial inconmensura­ble de todo lo que fue, es y será. La ley de la poten­cialidad pura también podría denominarse ley de la unidad, porque sustentando la infinita diversi­dad de la vida está la unidad de un solo espíritu omnipresente. No existe separación entre noso­tros y ese campo de energía. El campo de la po­tencialidad pura es nuestro propio yo. Y cuanto más desarrollemos nuestra propia naturaleza, más cerca estaremos de ese campo de potencialidad pura.

Vivir de acuerdo con nuestro yo, en una cons­tante auto-referencia, significa que nuestro pun­to interno de referencia es nuestro propio espíri­tu, y no los objetos de nuestra experiencia. Lo contrario de la auto-referencia es la referencia al objeto. Cuando vivimos según la referencia al objeto, estamos siempre influidos por las cosas que están fuera de nuestro yo; entre ellas están las si­tuaciones en las que nos involucramos, nuestras circunstancias, y las personas y las cosas que nos rodean. Cuando vivimos según la referencia al ob­jeto, buscamos constantemente la aprobación de los demás. Nuestros pensamientos y comporta­mientos esperan constantemente una respuesta. Nuestra vida, por tanto, se basa en el temor.

Cuando vivimos según la referencia al obje­to, también sentimos una intensa necesidad de controlarlo todo. Sentimos intensa necesidad de tener poder externo. La necesidad de aprobación, la necesidad de controlar las cosas y de tener po­der externo se basan en el temor. Esta forma de poder no es el de la potencialidad pura, ni el po­der del yo, o poder real. Cuando experimenta­mos el poder del yo no hay temor, no hay necesi­dad de controlar, y no hay lucha por la aprobación o por el poder externo.

Cuando vivimos según la referencia al obje­to, el punto de referencia interno es el ego. Sin embargo, el ego no es lo que realmente somos. El ego es nuestra autoimagen, nuestra máscara social; es el papel que estamos desempeñando. A la más­cara social le gusta la aprobación; quiere contro­lar, y se apoya en el poder porque vive en el temor.

Nuestro verdadero yo, que es nuestro espíritu, nuestra alma, está completamente libre de esas cosas. Es inmune a la crítica, no le teme a ningún desafío y no se siente inferior a nadie. Y, sin embar­go, es humilde y no se siente superior a nadie, por­que es consciente de que todos los demás son el mis­mo yo, el mismo espíritu con distintos disfraces.

Ésa es la diferencia esencial entre la referen­cia al objeto y la auto-referencia. En la auto-refe­rencia, experimentamos nuestro verdadero ser, el cual no les teme a los desafíos, respeta a todo el mundo y no se siente inferior a nadie. Por tanto, el poder del yo es el verdadero poder.

El poder basado en la referencia al objeto, en cambio, es falso. Siendo un poder que se basa en el ego, existe únicamente mientras exista el obje­to de referencia. Si uno tiene cierto título – si es el presidente del país o el presidente de la junta directiva de una corporación – o si tiene muchí­simo dinero, el poder de que disfruta está ligado al título, al cargo o al dinero. El poder basado en el ego dura solamente lo que duran esas cosas. Apenas desaparezcan el título, el cargo y el dine­ro, desaparecerá el poder.

Por otra parte, el poder del yo es permanente porque se basa en el conocimiento del yo, y este poder tiene ciertas características: Atrae la gente hacia nosotros y también atrae las cosas que de­seamos. Él magnetiza a las personas, las situacio­nes y las circunstancias en apoyo de nuestros de­seos. Esto es lo que se conoce también como apoyo de las leyes de la naturaleza. Es el apoyo de la di­vinidad; es el apoyo que se deriva de estar en un estado de gracia. Este poder es tal que disfruta­mos de un vínculo con la gente y la gente disfruta de un vínculo con nosotros. Es el poder de esta­blecer lazos – lazos que emanan del verdadero amor.

¿Cómo podemos aplicar la ley de la potenciali­dad pura, el campo de todas las posibilidades, en nuestra vida? Si queremos disfrutar de los benefi­cios del campo de la potencialidad pura, si quere­mos utilizar plenamente la creatividad inherente a la conciencia pura, debemos tener acceso a ella. Una manera de tener acceso al campo de la po­tencialidad pura es por medio de la práctica dia­ria del silencio, de la meditación y del hábito de no juzgar. Pasar algún tiempo en contacto con la naturaleza también nos brinda acceso a las cuali­dades inherentes al campo: creatividad infinita, libertad y felicidad.

Practicar el silencio significa comprometernos a destinar cierta cantidad de tiempo sencillamente a ser. Tener la experiencia del silencio significa renunciar periódicamente a la actividad de ha­blar. También significa renunciar periódicamen­te a actividades tales como ver televisión, escuchar radio, o leer. Si nunca nos damos la oportunidad de experimentar el silencio, esto crea una turbu­lencia en nuestro diálogo interno.

¿Qué sucede cuando entramos en esta expe­riencia del silencio? En un principio, nuestro diá­logo interno se vuelve todavía más turbulento. Sentimos la necesidad apremiante de decir cosas. He conocido personas que llegan a la desespera­ción total el primer o el segundo día que se con­sagran a guardar silencio durante un período pro­longado. Súbitamente los invade una sensación de urgencia y de ansiedad. Pero a medida que per­severan en la experiencia, su diálogo interno co­mienza a callar. Y al poco tiempo, el silencio se vuelve profundo. Esto se debe a que después de cierto tiempo, la mente se da por vencida; se da cuenta de que no tiene sentido insistir e insistir si el yo – el espíritu, el que decide – no desea ha­blar, y punto. Luego, cuando calla el diálogo in­terior, empezamos a experimentar la quietud del campo de la potencialidad pura. En ese campo del silencio puro está el campo de la correlación infinita, el campo del poder organizador infinito, el terreno último de la creación donde todo está conectado inseparablemente con todo lo demás.

Imaginemos que lanzamos una piedra peque­ña en un pozo de agua y observamos las ondas que se forman. Al rato, cuando las ondas desapa­rezcan y el agua quede quieta, quizás lancemos otra piedra. Eso es exactamente lo que hacemos cuando entramos en el campo del silencio puro e introducimos nuestra intención. En ese silencio, hasta la menor intención avanzará formando on­das por el terreno subyacente de la conciencia universal, el cual conecta todo con todo lo de­más. Pero si no experimentamos la quietud de la conciencia, si nuestra mente es como un océano turbulento, podríamos lanzar en él todo el edificio Empire State sin ver efecto alguno.

Otra manera de entrar en el campo de la po­tencialidad pura es por medio de la práctica del hábito de no juzgar. juzgar es evaluar constante­mente las cosas para clasificarlas como correctas o incorrectas, buenas o malas. Cuando estamos constantemente evaluando, clasificando, rotulan­do y analizando, creamos mucha turbulencia en nuestro diálogo interno. Esa turbulencia frena la energía que fluye entre nosotros y el campo de la potencialidad pura. Literalmente, comprimimos el espacio entre un pensamiento y otro.

Por medio del silencio, de la meditación y del hábito de no juzgar, tendremos acceso a la prime­ra ley, la ley de la potencialidad pura. Una vez que logremos este acceso, podremos agregar un cuar­to componente a esta práctica: pasar regularmente un tiempo en contacto directo con la naturaleza. Pasar un tiempo con la naturaleza nos permitirá sentir la interacción armoniosa de todos los ele­mentos y las fuerzas de la vida, y experimentar un sentimiento de unidad con todas las cosas de la vida. Trátese de un arroyo, un bosque, una mon­taña, un lago o del mar, esa conexión con la inte­ligencia de la naturaleza también nos ayudará a lograr el acceso al campo de la potencialidad pura.

El acceso a nuestra esencia verdadera también nos permitirá mirarnos en el espejo de las rela­ciones interpersonales, porque toda relación es un reflejo de la relación que tenemos con nosotros mismos. Si, por ejemplo, nos sentimos culpables, temerosos o inseguros con respecto al dinero, al éxito o a cualquier otra cosa, estos sentimientos serán el reflejo de la culpabilidad, la inseguridad y el temor básicos de nuestra personalidad. No existe en el mundo ningún dinero o éxito que pue­da resolver estos problemas básicos de la existen­cia; solamente la intimidad con el yo podrá hacer surgir la verdadera cura. Y cuando estemos bien afianzados en el conocimiento de nuestro verda­dero yo – cuando realmente comprendamos su verdadera naturaleza – jamás nos sentiremos cul­pables, temerosos o inseguros acerca del dinero, o de la abundancia, o de la realización de nues­tros deseos, porque comprenderemos que la esen­cia de toda riqueza material es la energía vital, la potencialidad pura; y la potencialidad pura es nuestra naturaleza intrínseca.

Cuando reconozcamos calladamente esta co­existencia exquisita de los contrarios, nos alinea­remos con el mundo de la energía – el caldo cuántico, la cosa inmaterial que constituye la fuente del mundo material. Este mundo de ener­gía es fluido, dinámico, flexible, cambiante, y está siempre en movimiento. Pero, al mismo tiempo, es quieto, callado, eterno, silencioso y no cam­bia.

A donde quiera que vayamos en medio del mo­vimiento y la actividad, llevemos con nosotros la quietud. De esa manera, el movimiento caótico que nos rodea jamás nos ocultará la puerta de ac­ceso al manantial de creatividad, al campo de la potencialidad pura.

CÓMO APLICAR LA LEY DE LA POTENCIALIDAD PURA

Pondré a funcionar la ley de la. potencialidad pura comprometiéndome a hacer lo siguien­te:

1) Me pondré en contacto con el campo de la potencialidad pura destinando tiempo todos los días a estar en silencio, limitándome sólo a ser. También me sentaré solo a meditar en silencio por lo menos dos veces al día, aproxi­madamente durante treinta minutos por la mañana y treinta por la noche.

2) Destinaré tiempo todos los días a estar en comunión con la naturaleza y ser testigo si­lencioso de la inteligencia que reside en cada cosa viviente. Me sentaré en silencio a ob­servar una puesta del sol, o a escuchar el rui­do del océano o de un río, o sencillamente a oler el aroma de una flor. En el éxtasis de mi propio silencio, y estando en comunión con la naturaleza, disfrutaré el palpitar milenario de la vida, el campo de la potencialidad pura y la creatividad infinita.

3) Practicaré el hábito de no juzgar. Comenza­ré cada día diciéndome: “Hoy no juzgaré nada de lo que suceda”, y durante todo el día me repetiré que no debo juzgar.

“Deepak Chopra”

La Eterna Búsqueda del Hombre

Para comprender mejor este tema hagamos un recorrido simplificado, sin pretender ser exactos por lo que ha sido la estadía del hombre (como raza humana sin diferencia de genero) sobre este planeta.

Al comienzo de los tiempos el hombre se encontraba en un mundo hostil que no alcanzaba a comprender y en el cual, actuando por instinto, se concentró casi exclusivamente en asegurar su supervivencia, lo que en aquel entonces significaba no solo proveerse de alimentos sino también protegerse de los peligros que le rodeaban.

Una vez que pudo, en cierta medida, sentir que era capaz de controlar las circunstancias a su alrededor pudo darse cuenta que existían seres muy parecidos y a la vez distintos de él, descubría el sexo opuesto y una vez más actuando por instinto en respuesta a la atracción que sentía hacia ellos aseguraba la continuidad de la especie.

Luego pudo notar que las tareas se realizaban más fácilmente si se agrupaban para llevarlas a cabo y al ir aumentando el número de individuos con el pasar del tiempo comenzó a sentir el impulso de dirigir a estos grupos dando origen así a las primeras estructuras sociales en la forma de clanes y tribus y con ellas a la competencia por el liderazgo y las mejoras necesarias en cuanto a los niveles de vida para poder optar a este liderazgo.

Con el pasar del tiempo pudo establecer sistemas que le permitían cada vez más tiempo libre y comenzó entonces a preguntarse sobre su origen, su destino y la razón de la existencia.

Tras miles de años de evolución por ensayo y error arribamos a nuestra sociedad actual en la cual hace ya más tiempo del que podemos recordar no necesitamos valernos exclusivamente de nuestros instintos para poder sobrevivir, pues los sistemas que se han establecido se supone que deberían brindarnos niveles lo suficientemente altos de estabilidad y bienestar; pero aun así las incógnitas sobre nuestro origen, destino y la razón de la existencia continúan presentes para muchos.

A pesar de los altos niveles de tecnificación, automatización y especialización alcanzados por nuestra sociedad el hombre sigue sintiendo que todavía le falta “algo” y en la mayoría de los casos no es capaz de definir ese “algo”, pero en ocasiones puede sentirse sin rumbo definido en la vida, a merced de las circunstancias o simplemente confundido por los acontecimientos. En otros casos siente la necesidad de encontrar algo más, aunque inconscientemente, y no sabe que es. Estas situaciones, y otras más, aunadas al estrés de la vida diaria facilitan la manifestación de estados inarmónicos en las personas; quienes por no comprender lo que les sucede tienden a actuar de manera discordante con su medio ambiente, afectando esto sus relaciones con sus seres queridos y su normal desenvolvimiento en la sociedad.

Por lo general la mayoría de estas situaciones se manifiestan por el empeño del hombre de buscar siempre fuera de sí las respuestas a sus interrogantes más profundas y la consecuente frustración al no encontrarlas.

Aunque parezca paradójico el hombre no anda buscando un “algo”, realmente sé esta buscando a sí mismo, y su insatisfacción proviene principalmente de tratar infructuosamente de colmar todos sus deseos por medio de la satisfacción de sus sentidos, por haber olvidado mirar hacia dentro de sí mismo para encontrar respuestas a las preguntas que de alguna manera siempre se ha planteado.

Es cuando recuerda que puede mirar hacia dentro y se decide a emprender el viaje de regreso a su propio centro para conocerse a sí mismo que de una manera mágica comienza a encontrarle sentido a la vida, un sentido más amplio que se expresa en bienestar, satisfacción, felicidad y armonía internas que contribuyen a mejorar su autoestima y le facilitan desenvolverse en forma más armónica con el medio que le rodea.

En cuanto a emprender el viaje de regreso a su propio centro para conocerse a sí mismo, no es necesario imitar a Buda quien, según cuenta la leyenda, se sentó bajo un árbol y no se levantó hasta haber alcanzado la iluminación. Basta con dedicar un periodo de tiempo, tan largo o corto como lo decida cada cual o como las circunstancias se lo permitan, de manera regular a la introspección, reflexión, meditación y evaluación de nuestro desempeño para poder ser capaces de conocernos un poco mejor cada día y al lograrlo emplear este conocimiento para nuestro provecho en la manera de una mejor comprensión de nosotros mismos primero que nos permitiría comprender entonces a quienes nos rodean contribuyendo así a elevar el nivel de armonía a nuestro alrededor.

Esta tarea puede ser más sencilla de lo que podemos imaginar si solo nos permitimos la oportunidad de intentarlo sin prejuicios ni expectativas y a medida que avancemos y comencemos a sentirnos mejor con nosotros mismos podremos comprobar mediante la experiencia directa los grandes beneficios que se pueden obtener con tan poco esfuerzo.

A partir de ese momento, si nos sentimos motivados a profundizar en esta práctica podremos comprender porque los sabios de todas las épocas han empleado siempre la máxima filosófica “conócete a ti mismo” y una vez que le encontremos sentido a la vida podremos reconocer que siempre tuvo más sentido del que éramos capaces de comprender, pues encontramos nuestro rumbo, somos capaces de resolver las circunstancias que se nos presentan y los acontecimientos dejan de sorprendernos pues los reconocemos como consecuencias naturales de nuestras acciones, lo cual puede conducirnos a niveles de bienestar, satisfacción, felicidad y armonía internas que difícilmente podíamos siquiera imaginar antes.

Guillermo Garcés V.

EL TRABAJO DESDE EL PUNTO DE VISTA RELIGIOSO Y FILOSÓFICO

“Por momentos tengo la impresión de que mi vida y mi trabajo comenzarán desde ahora; otras veces, en cambio, me parece que he trabajado pesadamente por más de ochenta años y que ya tengo derecho al reposo y a la paz.”

Esta frase del libro Camino Interior de Herman Hesse, refleja el paradigma en el cual, al pertenecer a esta sociedad, nos vemos atados de manera sutil pero real desde nuestro nacimiento.  Atadura cuyos hilos han sido analizados desde el comienzo de los tiempos por filósofos y teólogos tratando de hacerlos propios, asociándolo a la libertad los primeros y a la purga del pecado y búsqueda de la redención los segundos.

En el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, la palabra Trabajo tiene acepciones que reflejan las posturas mencionadas, a saber:

- Obra, cosa producida por un agente o por el entendimiento.
- Dificultad, impedimento o Penalidad, molestia, tormento o suceso Infeliz.

Dado entonces que la contraposición parece ser el punto de partida y que es posible que las partes conformen el todo, tomaremos la argumentación de ambas corrientes y las trazaremos para ver si la norma se cumple.

Para lo anterior y dada la cultura que nos rodea, comenzaremos por el inicio, es decir, por el génesis (3), donde en sus versículos 17 al 19 se devela el motivo y el castigo que nos marca desde nuestro nacimiento:

17  Al hombre le dijo: «Por haber escuchado la voz de tu mujer y comido del árbol del que yo te había prohibido comer, maldito sea el suelo por tu causa: con fatiga sacarás de él el alimento todos los días de tu vida.

18  Espinas y abrojos te producirá, y comerás la hierba del campo.

19  Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas al suelo, pues de él fuiste tomado. Porque eres polvo y al polvo tornarás.»

Entonces, el hombre al buscar satisfacer su curiosidad y seducido por la posibilidad de poseer la verdad (o conocimiento) desentiende las recomendaciones del Dios creador y es expulsado del paraíso para vivir de su propio esfuerzo, sufriendo para conseguir el alimento. Una tarea dificultosa y sin embargo soportable, común y corriente, repetitivo, algo que sustenta y que a la vez desgasta la vida, inevitable y a veces alienador insertándonos en la disponibilidad de otros, en el ritmo que está preestablecido, un aporte a la meta común que ninguno de nosotros se ha fijado sólo; es decir, obediencia y abandono de si en lo colectivo.

Con lo anterior la teología del trabajo nos dice que el trabajo sigue y seguirá siendo tal: la penosa uniformidad, la abnegación de las propias demandas, lo cotidiano. Tal como dicen las escrituras: manifestación de la vulnerabilidad de nuestra existencia a la caída en culpa, expresión de la desarmonía que se da en nuestra existencia – y que sólo Dios puede superar- entre lo interno y lo externo, entre libertad y necesidad, entre cuerpo y espíritu, entre individuo y comunidad.

Sin embargo, esa manifestación del pecado, que es en consecuencia del mismo pero (atención.. aquí viene el giro) no pecado en sí misma, se ha convertido para aliviar la carga y justificar sus motivos, en Cristo, también manifestación de la salvación. Y, de acuerdo al teólogo que nos inspira en estas líneas, esto vale no sólo para la muerte, expresión más radical de la culpa, sino también vale para el trabajo en la penuria, en la cotidianidad y abnegación. No por si mismo, pero si por la gracia de Cristo, puede llegar a ser una práctica de aquella actitud y convicción a la que Dios puede, si eres constante, abnegado, fiel y responsable (todas expresión del amor ¿o sacrificio?), regalarte la vida eterna.

Entonces, desde el punto de vista teológico, el trabajo es fuente de desdicha, alienante, perpetuo y penoso, manifestación y recordatorio diario del error cometido por Adán y Eva al querer alcanzar el conocimiento por sí mismos. Carga que solamente podemos soportar con el trabajo “hecho en el señor”, es decir para el Señor y por el Señor, como preámbulo de la penitencia necesaria para la salvación.

No obstante lo anterior, en la Doctrina Social Sobre la Economía de la Iglesia Católica, establece en el punto 3.1 “Dimensiones del Trabajo” que: El trabajo ocupa un lugar central en la vida humana y constituye un instrumento de perfección del hombre. El hombre transforma la naturaleza y, a su vez, se realiza a sí mismo como persona. El trabajo, como expresión y perfección de la naturaleza y del hombre tiene una dimensión personal; otra dimensión es la familiar; y en cuanto perfección y humanización del cosmos tiene una dimensión cósmica.

Juan Pablo II diferencia el plano objetivo y subjetivo del trabajo. En su dimensión objetiva el trabajo es exclusivamente tarea humana, y el fin del todo proceso productivo es también el hombre. Por ello la dimensión subjetiva del trabajo se impone sobre su carácter objetivo.

Sin embargo, en el punto 3.2 “Dimensión Teológica y espiritualidad del trabajo” nos acercamos a la comunión de los conceptos ya que en la “Laborem Excercens”, nos recuerdan que el trabajo alabamos a Dios y nos desarrollamos espiritualmente, colaborando con Dios en la “Obra Creadora” y la fatiga, producto del pecado original, nos hace colaboradores en la “Obra Redentora” y por tanto la resurrección da sentido al trabajo que nos prepara para los nuevos cielos y nueva tierra, santificándonos a través de la oración constante y cotidiana.

En este ir y venir de conceptos , donde al parecer estamos prisioneros en un ciclo que recuerda la visión teológica de Nietszche donde nos sugiere que  Dios al final de su jornada de trabajo, se tendió bajo el árbol del conocimiento en forma de serpiente: ya que así descansaba de ser Dios, nos puso a prueba y nos dejo bajo “libertad vigilada ”. En otros textos encontramos visiones similares pero sin el peso del castigo ni penitencia divina tal como lo expresa Buda en sus recomendaciones para una “Subsistencia Correcta” donde el trabajo realizado semana a semana, repetitivamente por muchos años hasta llegar a la jubilación, indudablemente tendrá un efecto sobre nuestra mente. Si el trabajo que realizamos es malsano, en el sentido moral, mental y espiritual, el efecto sobre nuestra mente será perjudicial y por lo tanto es recomendable la “Subsistencia Correcta” donde el trabajo no perjudica nuestra mente ni a los demás, lo cual será provechoso permitiéndonos elevar el nivel de conciencia.

Desde el punto de vista Filosófico, encontraremos posturas similares a las planteadas por la religión occidental, pero donde el castigo divino es reemplazado por la incapacidad de algunos hombres de desalienarse y elegir el camino de la libertad.

Es así como Aristóteles plantea el trabajo como uno de los tres componentes necesarios para evitar el crimen (El frío con un Hogar, el Hambre con el Trabajo y los Deseos con la Templanza).

Platón nos indica que el trabajo y su división es parte del origen de la sociedad ya que esta se forma por la necesidad de cooperación entre los hombres para la subsistencia, siendo esta división progresiva en la medida en que la sociedad crece y las necesidades se hacen presentes, quedando los cargos públicos relegados al momento en que el territorio es insuficiente y surge la necesidad de atacar a los vecinos, donde aparecen las fuerzas públicas y por último los gobernantes.

Inevitablemente el desarrollo de la sociedad lleva a la mediación de las necesidades y la satisfacción del individuo por su trabajo y para el trabajo y la satisfacción de necesidades de todos los demás, haciendo que la sociedad y su accionar esté sometida a un sistema de necesidades, en el cual el hombre transforma la realidad para satisfacer sus necesidades físicas y espirituales, siempre evitando la transformación en una sociedad de la explotación, donde el trabajo se vive como una experiencia alienada y no como una actividad de autorrealización, donde el principio de movimiento del hombre, impulsor de la creación sea generador de perfección y por tanto libertad, tal como se manifiesta en  la Constitución Masónica en su artículo segundo:“que el Trabajo, en todas sus manifestaciones, es uno de los deberes y uno de los derechos esenciales del hombre y el medio mas eficaz para el desenvolvimiento de la personalidad. Lo exige a sus adeptos como contribución indispensable al mejoramiento de la colectividad” Dado lo anterior, podemos desprender perfiles relevantes del trabajo desde la concepción masónico -filosófica:

a) Es una manifestación de la personalidad humana. El hombre destruye el ocio, los vicios y fortalece su voluntad y despierta en su propio ser.

b) Es un deber. No es maldición ni castigo sino un imperativo de la conciencia que el hombre debe cumplir, por respeto a si mismo y sus semejantes.

c) Es un derecho. Como facultad, el hombre puede adoptar la actividad que más se conforme a su capacidad y aptitudes.

d) Tiene un fin social. Debe propender al bienestar de la colectividad

CONCLUSIONES

La tradición oral heredada desde la postura religiosa (católica principalmente) nos ha regalado el paradigma de que el trabajo sin sacrificio y sufrimiento no tiene recompensa ni es valioso, asociando la constancia y la perseverancia al sufrimiento, desechando la inteligencia, la capacidad creativa, la posibilidad de decidir, diciéndonos en cada paso que la forma de aliviar el camino es la conformidad que brinda la religión como si fuese un plan urdido para el divertimento de Dios.

Desde la mirada humanista, el trabajo es un derecho y un deber del hombre, motivador de su energía creativa y camino a la autorrealización a través del cual se desarrolla el potencial y por ende se alcanza la libertad.

Sin embargo, si nos atrevemos a juntar las partes para hacer un todo, como planteo al inicio de este texto y desapegamos tanto la concepción religiosa, como la mirada de alienación social planteada por Marx (en este caso dos extremos similares) nos damos cuenta que en esencia el planteamiento del trabajo es el mismo…es un derecho y un deber, va desde el hombre hacia el hombre, perfeccionándolo tanto física como mentalmente, influyendo en su entorno social, tan fuerte y tan débil como el propio hombre que lo ejerce, siempre a medida de sus capacidades, aptitudes y determinación.

Androcles, 12 de Diciembre de 2006.

Bibliografía:

Biblia de Jerusalem,Dicc RAE,Revistas Masónicas,Artículo Budista sobre Subsistencia Correcta, Sangharákshita.La Política, Aristóteles.Camino Interior, Herman Hesse.

Utopía, Tomás Moro.Así Habló Saratustra, Nietzshe

Ecce Homo, Nietzshe.La República, Platón.

Principios de Filosofía del Derecho, Hegel.Textos Teológicos de Kart Rahner.Doctrina Social sobre la Economía

Historia de la Filosofía, Volumen 3, Karl Max.

La construcción de un imperio

Que haces dijo el sabio al hombre que picaba la piedra al costado de la construcción…desvasto la roca para hacer piedras para el muro respondió..el sabio siguió caminando y preguntó al segundo cantero que se encontraba en el mismo menester que el primero, ¿que haces? y este con un brillo de certeza en su mirada, esbozo una sonrisa y respondió “construyo una catedral”…
La actitud correcta, el ir mas allá del día, perseguir el norte propuesto visualizando la obra terminada sin perder de vista los pasos necesarios. Saber que la vida no es fácil y que el camino te pone a prueba todo el tiempo…soñar con tu imperio construido, sumar a otros en la cruzada y beneficiarles por su osadía y lealtad. No se construye en un día, se construye día a día y en algún punto, no serás capaz de definir cuando la rueda que empujaste comenzó a rodar sola…

De paso en mi posada

A pesar de que no tengo apegos muy particulares, siempre es bueno volver a casa (aunque sea virtual).

En mi ultimo viaje tome la decisión de dejar la posada que por 9 años me permitió conocer nuevas verdades, practicar la tolerancia e iniciar los 3 caminos que conducen a la maestría.

En algún punto la libertad se lleno de “lo humano”, tratando de acallar mis ideas y mi forma relacionarme con el mundo, privilegiando las formas, lo establecido perdiendo el encanto, lo que me indicó que había que comenzar un nuevo viaje y darme tiempo.

Hoy, mi camino y sus hitos giran en torno a mi esposa, mis hijos y mi proyecto de vida…tomando las herramientas aprendidas y utilizándolas cuando es necesario.

Leo indistintamente de negocios, filosofía, historia y en segmentos a Huiracocha…todo bien, todo feliz, todo en orden…

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